El nacimiento de una madre

Cuando nace un bebé, también nace una madre.

Desde la gestación ya vamos experimentando cambios que nos van conectando con nuestro futuro ROL de madre. Nuestra psique se potencia y si somos capaces de escucharnos lo suficiente podemos sentir como una especie de “intuición” que nos advierte del cambio que se avecina.

Pero la mayoría de mujeres no hacemos caso a esto.  En realidad, la mayoría de los adultos no somos capaces de parar y escucharnos. No nos culpo. No nos han enseñado a eso. Para escucharnos es necesario parar.

 Una vez nace el bebé, los cuidados que necesita tanto a nivel físico como emocional y/o afectivo despiertan más aún este nuevo YO. Por eso, el periodo prenatal, postparto y los primeros años de vida son los cimientos de la vida tanto para el bebé como para la recién madre.

Stern (1998) en el estudio “El nacimiento de una madre” afirmó que hay un “nacimiento de una madre cuando la dimensión materna emerge en lo femenino”.

¿Pero qué significa esto?

¿De dónde viene este nuevo YO?

Pues por un lado, el componente maternal tiene un gran componente biológico.

Obviamente las conductas maternales vitales no quedan libradas al aprendizaje individual (seria poco útil evolutivamente hablando), pero sí es cierto que hay una intensidad emocional que las caracteriza y las lidera. Y esta intensidad emocional, está promovida por una serie de hormonas y compuestos químicos liberados en nuestro cuerpo.

Es lo que se dice con una connotación negativa que estamos “hormonadas” cuando sentimos ansiedad si cogen a nuestro bebé, cuando nos angustia que huela a otra persona (o perfume), cuando parece que se acabe el mundo porque llora, etc. En definitiva cuando sentimos y “necesitamos” que esté todo el rato enganchado a nosotras.

Por lo tanto podemos afirmar que hay una parte instintiva y biológica.

Sabemos que los niveles de oxitocina, prolactina y endorfinas aumentan durante el embarazo, parto y lactancia favoreciendo el vínculo de la madre hacia el bebé.

Gracias a la neurobiología se sabe que el cerebro materno en cualquier mamífero desarrolla diferentes tipos de respuesta como:

  • La predisposición para preferir a sus crías
  • La activación del sistema de recompensa y/o placer al interactuar con ellas
  • El aumento de las habilidades cognitivas y de planificación eficiente que envuelven el cuidado del bebé

Todos estos comportamientos ayudan a este aprendizaje individual

¿Pero qué ocurre a nivel psíquico o emocional?

Aquí es más complejo encontrar evidencia “científica”. Pero lo que es común en los diferentes estudios socioculturales es que la identidad materna se desarrolla diferente en cada mujer.

Algunas mujeres podemos comenzar la toma de conciencia en el embarazo, otras después del nacimiento y otras durante los primeros cuidados.

Pero lo que los diferentes autores coinciden (y me sumo), es que desde un punto de vista psíquico, el cambio hacia este nuevo YO requiere de un trabajo emocional e integración por parte de la mujer.

Todas las mujeres que hemos sido madre coincidimos en que la experiencia de ser madre no puede compararse con ninguna otra. Independientemente de la intensidad con la que la hayamos vivido.

Cuando nace un bebé hay muchísimos cambios, ya no solo a nivel funcional o material como puede ser la gestión del tiempo, de los quehaceres del hogar,  el cambio con nuestro propio cuerpo, con nuestras rutinas.

También existen cambios menos tangibles pero más importantes, como la prioridad de vida, cambios en la relación de pareja o los cambios en los roles con los miembros de la familia, etc. Hasta ese momento hemos sido “hijas de”, “mujeres de”, pero no hemos sido “madre de”.

Así, una nueva identidad emerge con emociones contradictorias y ambivalentes.

En los grupos de crianza siempre digo en tono de broma (pero en realidad lo digo muy enserio) que el día del parto nace nuestro hijo/hija, sale la placenta y luego la culpa. Y esta se aposenta en nuestro hombro y aprovecha la más mínima para acecharnos.

La identidad materna nos resitúa en la relación triangular que tuvimos con nuestra propia madre y padre, pero ahora este triángulo está desplazado. Por lo que pueden aflorar emociones de cómo fuimos amadas como hija o sí seremos capaces de amar como madre.

Por lo que normalmente, las emociones que durante la vida se han evitado o tapado tienen que ser vividas y acogidas para que la intuición se desarrolle correctamente.

Y es en este momento, donde la dependencia absoluta del bebé despierta bebé que fuimos.

Por tanto, allí estamos las madres, por un lado para revivir una historia reciente de nuestra infancia y por otro la sabiduría implicada en el nacimiento del bebé. Ambas dualidades, es lo que podríamos decir que añaden a lo femenino el componente maternal.

Por todo esto, podemos y decimos que junto al bebé, nace una madre.

Y es nuestra responsabilidad realizar el trabajo interior para transitar este proceso de la mejor manera posible. Para facilitarlo, necesitaremos una red de sostén, que si queréis hablaremos en otro post.

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